¿Por qué orar?
Publicado el 07. Aug, 2009 por admin en Oración
Por Ray C. Stedman
Les refirió también una parábola acerca de la necesidad de orar siempre y no desmayar. Les dijo: “En cierta ciudad había un juez que ni temía a Dios ni respetaba al hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él diciendo: Hazme justicia contra mi adversario., El no quiso por algún tiempo, pero después se dijo a sí mismo: Aunque ni temo a Dios ni respeto al hombre, le haré justicia a esta viuda, porque no me deja de molestar; para que no venga continuamente a cansarme., Entonces dijo el Señor: “Oíd lo que dice el juez injusto. ¿Y Dios no hará justicia a sus escogidos que claman a él de día y de noche? ¿Les hará esperar? Os digo que los defenderá pronto. Sin embargo, cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra? (Lucas 18:1-8)
Resulta significativo que esta palabra acerca de la oración, de boca de Jesús mismo, sigue al relato de Lucas sobre la segunda venida, que es un pasaje paralelo al discurso del Monte de los Olivos, del Evangelio de Mateo. Nuestro Señor pasa de inmediato de su palabra, acerca de su venida, a la palabra sobre la oración, indicando la relación directa que existe entre el mantenerse vigilantes y la oración.
Esta enseñanza acerca de la oración se vale de la metáfora como contraste. Todos nosotros estamos familiarizados con lo gráfico de la metáfora para conseguir que la verdad se destaque ante nuestros ojos. La forma que con más frecuencia se usa es la comparación, que es algo que estamos constantemente usando, comparando una cosa con otra. A veces la comparación puede resultar de lo más gráfica como vemos, por ejemplo, en algunos de nuestros símiles modernos. Decimos: “está más nervioso que un flan” o “está mas desamparado que un huérfano”. Pero el contraste es una manera igualmente excelente de enfatizar la verdad y hacer que resulte más gráfica y esta es la forma que emplea el Señor para enseñar acerca de la oración.
Cuando yo estudiaba en la facultad tenía un compañero de habitación que media más de dos metros y pico y pesaba mas de 130 kilos, pero su apodo era “pequeñazo”. Esta es una forma frecuente de contraste, que llama constantemente la atención de una característica destacada. ¿A qué hombre con una brillante calva, sin un pelo por ninguna parte, no le han llamado alguna vez que otra “rizos”?.
El tema de la oración es uno que nuestro Señor presenta con su nítido punto central valiéndose de tres contrastes muy a propósito:
Para empezar, existe el contraste de principios. Lucas se asegura de dejar muy claro el punto que Jesús quiere enfatizar. Dice: “Les refirió también una parábola acerca de la necesidad de orar siempre y no desmayar. En este caso Jesús hace osadamente que nos enfrentemos con una opción de la que no podemos escapar: tenemos o bien que orar o desmayar, una de dos. O bien aprendemos a clamar a un Padre invisible, que está siempre presente y con nosotros o nos desanimamos y desmayamos. Por lo tanto, no nos queda mas remedio que armarnos de valor y seguir adelante en la vida sin pasión o sin esperanza. Tenemos que hacer una de dos, no hay más alternativa.
Puede que algunos se atrevan a desafiar esta postura y digan: ¿Y qué me dices de esas personas que parecen tener mucho “gozo de vivir” sin ser cristianas? ¿No han descubierto acaso una manera, gracias a la cual la vida puede resultar significativa y emocionante sin tener que recurrir a la oración ni a la fe religiosa? Tal vez merezca la pena, al menos, examinar semejante afirmación. ¿Quién no se ha encontrado con esta clase de personas y se ha preguntado si quizás han hallado otra alternativa, otra respuesta? Pero si observamos detenidamente, aquellos que parecen haber descubierto los secretos de la vida, los que dan la impresión de vivir en un mundo emocionante de aventura, romance e intereses externos, ¿no nos vemos frecuentemente sorprendidos por evidencias aparentemente repentinas, totalmente inesperadas para el público en general, que apunta a períodos en los que estas personas están tremendamente desanimadas y son víctimas de repentinas manifestaciones de desfallecimiento? Piense el lector, por ejemplo, en hombres como Ernest Hemingway, Jack London y otros ídolos literarios que durante años dieron la impresión de haber sabido captar los secretos de una vida intensa, pero que a la postre demostraron que durante todo ese tiempo se sintieron interiormente desfallecidos, dominados por una sensación de desanimo. ¿Hay algo más patético hoy que el hecho de que millones de personas vivan torturadas, andando a tientas y frenéticamente intentando hallar el significado de la vida? Y no me refiero sencillamente a las personas ancianas, a aquellas que se lo han pasado de miedo en la vida y no les queda nada, sino a ese estado que se manifiesta con frecuencia entre la juventud, que tiene aparentemente toda una vida por delante, para disfrutarla.
Algunos de nosotros nos sentimos aún tremenda y profundamente impresionados por el testimonio que dieron la otra noche de tres jóvenes que fueron arrancados del fuego como tizones, del mundo del crimen y la homosexualidad, que tan extendidos están en la actualidad, y que nos ofrecieron una revelación rigurosamente realista de lo que representa la vida en dicho mundo.
Esta semana pasada he tenido en mi despacho a tres jóvenes, todos ellos menores de veinte años, y cada uno de ellos me ha expresado, a su manera, su visión de la vida. Cada uno de ellos me contó, a veces con palabras titubeantes, otras elocuentes, que había encontrado la vida aburrida y sin desafío alguno. Los tres estaban buscando una luz que seguir, una causa por la que vivir. Sin haber ni siquiera alcanzado los veinte años de edad, la vida que tenían por delante les parecía deprimente, triste, carente de todo interés y sin atractivo.
¿A qué se debe esto? ¿No es acaso el resultado de una filosofía muy extendida en nuestros días, de la idea de que vivimos en un universo impersonal, que no es otra cosa que una gran máquina, sin remordimiento, que nos obliga irremisiblemente a obedecer leyes en comparación con las que nosotros, las diminutas criaturas humanas, no somos otra cosa que pigmeos pasajeros? ¿De dónde surgió semejante idea? ¿No tiene su origen en que hayamos entronizado con entusiasmo a la ciencia agnóstica como si de un dios se tratase? No cabe duda de que todos le debemos mucho a la verdadera ciencia. Las comodidades y lujos de los que presumimos, incluso nuestras necesidades, están a nuestro alcance gracias a ella, pero la ciencia se halla en grave peligro de ser exaltada a los ojos de muchos como si se tratase de un dios. Le hemos erigido un altar a la ciencia y hemos quemado incienso ante él, pero el problema de este dios es que es un dios hueco, que no tiene corazón, ni entrañas ni compasión. La ciencia no puede sentir, ni reír ni mostrar compasión, solamente puede analizar, medir, diseccionar, especular y pesar. Y el universo que contemplamos a través de los ojos de ese dios resulta igualmente impersonal, frío, implacable y distante.
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