Fe razonable

Fe razonable

Publicado el 25. Dec, 2009 por en Doctrina, Evangelio Prosperidad

Imaginé que veinte años de experiencia en el campo misionero harían de mí un hombre invencible con gran fe y poder. Aunque Dios me ha enseñado muchas lecciones, todavía encuentro áreas en que existen luchas de fe.

El ministerio misionero tiene cierta manera de infundir fe en la persona. Algunas veces es tener la fe o fracasar; andar por la fe o caer. Otras veces las circunstancias difíciles me han transformado en un estudiante indispuesto y ocasionalmente me he sentido más como un conscripto que como voluntario.

Me molesto cuando veo que algunos predicadores declaran su fe en maneras jactanciosas. En charlas privadas con tales personas, observo en ellos los mismos temores y frustraciones que nos acechan a todos nosotros.

Un evangelista compartió conmigo su dificultad de confiar en Dios con respecto a sus finanzas. Esta confesión humilde me bendijo y nos impulsó a una discusión de cómo nuestras fuerzas mutuas están designadas para compensar las debilidades de los demás. “Confesaos vuestras ofensas unos a otros…” (Santiago 5:16).

La fe es una virtud delicada. Muchos acostumbran usar la palabra “fe” para describir una gran variedad de virtudes o actitudes, sin entender la enseñanza bíblica sobre ella. La fe tiene varias falsificaciones. Por lo tanto es imprescindible identificar la diferencia entre la fe y esas imitaciones.

La fe se involucra con la planificación sabia

”Y les dijo: ‘Cuando os envié sin bolsa, sin alforja, y sin calzado, ¿os faltó algo?’ Ellos dijeron: ‘Nada.’ Y les dijo: ‘Pues ahora, el que tiene bolsa, tómela, y también la alforja; y el que no tiene espada, venda su capa y compre una” (Lucas 22:35-36).

Jesús expresa aquí dos clases de fe en las que el creyente puede caminar.

Primero, mandó a los discípulos en una aventura de fe, sin dinero, sin cambio de ropa. Salieron y predicaron, guiados por el Espíritu. Dios hizo milagros y proveyó todas sus necesidades.

Sin embargo, cuando regresaron, Jesús les dijo: “Pero ahora os digo…” ¿Por qué tal cambio de instrucciones? Cristo les estaba enseñando que andar sin preparación ordinaria, bajo la guía especial de Dios, era una clase de fe fuera de lo común. Pero la vida cristiana cotidiana es diferente. La vida de fe normal implica una planeación adecuada bajo la guía del Espíritu, con la confianza de que Dios hará funcionar bien Sus planes.

A veces los nuevos misioneros caen en esta trampa. Van al campo sin una ayuda económica adecuada, “confiando en Dios”. Siempre estarán pobres, sin sostén adecuado. Sin embargo Dios, por su misericordia, provee sus necesidades por medio de milagros. Pero esta clase de situación no es lo mejor para ellos. Necesitan aprender que el proceso de fe normal implica una buena planeación bajo la guía del Espíritu.

Algunos piensan en el maná del desierto como el ejemplo ideal de la provisión milagrosa y de la guía divina. Pero los judíos estuvieron en el desierto por causa de su incredulidad. Esa clase de vida desértica no era la de abundancia que Dios quería para ellos. ¿Qué sucedió, pues, cuando entraron en la Tierra Prometida? ¡Se terminó el maná! La provisión milagrosa se acabó. En vez de eso, plantaron mieses, planearon los días de fiesta y trabajaron como cualquier pueblo. Su fe en Dios se manifestaba por el proceso ordinario de sembrar y cosechar. Esto, no el desierto, es la vida de fe.

Conozco una iglesia en Texas que decidió establecer una nueva Escuela Dominical, supuestamente “por la fe”. Compraron materiales y empezaron a cavar el cimiento al lado de la Iglesia, sin planos ni dinero. Pronto vino la policía a preguntar: “¿Dónde está su autorización civil para la construcción?” Fin del proyecto.

La fe es activa

Las personalidades pasivas son susceptibles de imaginar que su temperamento es una manifestación de fe fuerte. Suponen que la fe es una confianza apacible en Dios que no requiere actividad de su parte. Santiago 2 afirma que la fe, no acompañada con obras, permanece estéril.

Algunas iglesias predican poco sobre Santiago 2 por temor a que alguien pueda pensar que están proclamando la salvación por obras. Sin embargo, la afirmación de Santiago de que “La fe sin obras es muerta” revela una verdad esencial. Debemos distinguir entre la mera aprobación mental versus la fe activa. Sin obras, la fe permanece estéril.

Observemos cómo Dios envió agua al rey Josafat en 2 Reyes 3:16-17. Dios les hizo cavar fosos primero. ¿No pudo Dios cavar Sus propios fosos? Claro.

Pero quiso que ellos demostraran la realidad de su fe.

El orden correcto de los eventos es importante. Primero, Dios les dio la promesa de que iba a enviarles agua. Luego requirió una manifestación práctica de fe por parte de ellos. Una vez cavados los fosos, Dios envió las aguas.

La fe es superior a la esperanza

Aun el infierno podría ser tolerable si tuviera esperanza. No minimizamos esta relevante virtud. La esperanza es una cierta expectativa de que algo bueno podría suceder en el futuro. La fe, sin embargo, es una acción en tiempo presente. La fe piensa en la promesa de Dios como un hecho legalmente realizado.

Las personas viven a menudo con esperanza, sin resultados,  imaginándose que están ejercitando la fe. ¡Qué trágico! Con un poco de instrucción en cómo acertar la voluntad de Dios y confiar en la promesa, la esperanza podría ser transformada en una fe productiva.

Una buena manera para poner a prueba esta diferencia es preguntarle a una persona: “¿Qué le ha dicho Dios con respecto a esto?” La mirada atónita de la persona revelará que tiene esperanza, no fe.

A veces notamos este mal entendimiento en los enfermos que piden oración para ser sanados. Piden con la esperanza de recibir mejoría, aunque viven en pecado, el hogar lleno de ídolos y con poca intención de entregarse plenamente a Cristo. Luego imaginan que la “fe” en Dios falló. No se dan cuenta que esa fe cuesta mucho más que la esperanza.

¿Qué es lo que cambia la esperanza en fe? Solamente una promesa de Dios puede hacerlo. Insisto en que nuestros convertidos reconozcan las promesas de Dios, las escriban y las revisen periódicamente. Sin un entendimiento de las promesas de Dios, el cristiano no avanza espiritualmente.

La vida de Abraham ilustra bien esta verdad. Él deseaba un hijo mucho antes de que Dios le diera las promesas. Tenía la esperanza de que algún día Sara concibiera. Pero cuando vino la promesa, sus esperanzas se transformaron en fe, porque tenía algo más sólido en apoyarse. Sus esperanzas se transformaron en una fe sólida.

Tratar de tener fe sin una promesa de Dios es frustrante. Eso no es fe, es esperanza. Es la promesa que da certeza a la esperanza y la transforma en fe. Así dice Hebreos 11:1: …la fe es la certeza de lo que se espera… El contexto del capítulo anterior confirma esto. En Hebreos 10:36-39, el escritor exhorta a los creyentes a que se sostengan en las promesas de Dios. Al hacer esto, la esperanza se transforma
en fe, como en el caso de Abraham.

¿Es lícito usar la Palabra de Dios para obtener promesas personales como esa? ¡Claro! Tanto que uno no abusa del significado original del texto, apoyándose en el principio básico del texto, es aceptable. Es cuando añadimos interpretaciones imaginarias, o aplicaciones personales fuera del contexto, que estamos abusando de la Palabra de Dios.

La fe no es un asunto de personalidad ni de temperamento.

Algunos nacen con una personalidad encantadora. Este don les abre puertas y les rinde una vida más fácil. El que tiene encanto anda en un camino con pocos obstáculos. Para nosotros los que no tenemos tal don, es una lucha más fuerte. El encanto puede ser una fuerza maravillosa si Dios lo controla.

Pero bajo el dominio de motivaciones carnales, es desastroso. Esto es cien veces verdad cuando esas personalidades encantadoras suben al púlpito.

Cuando los hombres encantadores entran al ministerio, usualmente desarrollan un seguimiento ciego y leal a sí mismos. Todo lo que hacen se ve como correcto a los ojos de sus seguidores. Cada error es disculpado. Son vistos como sabios y sus opiniones son aceptadas. Desarrollan un estilo lleno de retórica entretenida. Por años he tratado de descubrir cómo lo logran. A pesar de que podríamos envidiar a tales personas, podemos confortarnos con esto: El encanto mueve a las personas, pero la fe mueve a las montañas.

Así como los que tienen encanto también hay predicadores que suponen que las opiniones extremas y las afirmaciones autoritarias son una manifestación de fe. Cuando alguien así hace tal clase de afirmación acerca de la fe, pregúntese si tiene datos firmes equivalentes a la fuerza con que la declara.

Las personalidades fuertes casi siempre están muy seguras de lo que es la voluntad de Dios para otros a su alrededor. Esta tendencia a veces hace que empujen a las personas en direcciones contrarias a la voluntad divina. Si permitimos que nos hagan esto, no estamos andando con fe, sino bajo intimidación. Tales personas son capaces de mezclar un poco de voluntad fuerte con temperamento desenfrenado y rociar esto con fervor. A esta mezcla le añaden la etiqueta de “fe”. Y lo que en realidad logran es una fórmula para el desastre.

La fe está libre de presunción

La falsificación más peligrosa de la fe es la presunción. Esto se asemeja a la fe más que a cualquiera de los otros sustitutos. Desde cierta perspectiva, son casi indistinguibles. La diferencia radica en la voluntad revelada de Dios.

Hace años se reportó que tres diabéticos arrojaron su insulina como un acto de “fe” y murieron al poco tiempo. ¿Osamos afirmar que les faltó fe? Si arriesgar la vida de uno no es un acto de fe, entonces, ¿qué es? ¿Fracasó la fe? No, porque la fe no estaba involucrada. Era la presunción. Dios no les dijo que hicieran eso. Dios solamente cuenta como fe lo que concuerda con su voluntad revelada.

La presunción puede ocurrir por actuar en base a la experiencia ajena, en vez de oír de Dios por sí mismo. También puede venir por confundir la diferencia entre una promesa divina y la manera en que se aplica a su vida personal.

Los israelitas aprendieron esto en una forma dura cuando “subieron presuntuosamente a la montaña” a pelear con sus enemigos (Deuteronomio 1:43). ¿Qué estaba mal con eso? Ellos habían peleado antes con sus enemigos y habían triunfado. ¿Y por qué no también esta vez? Seguramente Dios entendería las intenciones de sus corazones y pasaría por alto el hecho de que les dijo que no lo hicieran. Pero los amonitas vinieron, y los cazaron como abejas, y los derrotaron. La única diferencia real entre ese incidente y las batallas previas, era la voluntad revelada de Dios. Sí, Dios quiere que ganemos nuestras batallas. Pero solamente cómo y cuándo Él diga.

¿Cuál es, pues, una buena definición de fe? La fe es una dependencia activa del poder de Dios para realizar su voluntad revelada. La fe, entonces, contiene tres elementos: 

1. Está basada en las promesas de Dios.

2. Es activa, no pasiva.

3. Es dependiente, no presuntuosa.

Si cualquiera de estos tres elementos falta, no es realmente fe, sino una falsificación improductiva.

La fe está vinculada con todo lo que somos. Ella obra por amor, se mueve con paciencia y anda con humildad.

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