El Problema del Mal
Publicado el 16. Aug, 2010 por admin en Proyecto - El Evangelio
Por Alan D. Strange
Cuando descontentos con el servicio o la mercancía que hemos recibido, muchos de nosotros hablamos con la “persona encargada’. Cuando hablamos de la “soberanía” de Dios, queremos decir que él está a cargo de todo.
Antes de que él creara los mundos, él decretó todo lo que llegaría a pasar (Prov. 16:33; Hech. 15:18; Ef. 1:11). El trajo todo lo que existe a la existencia por la Palabra de su poder y declaró que todo “era muy bueno” (Gen 1; Hech. 17:24; Col. 1:16; Heb. 11:3). Y nuestro Dios trino “sostiene, dirige, dispone y gobierna todas las criaturas, acciones, y cosas, desde la más grande hasta la más pequeña” (Sal. 135:6; Dan. 4:34-35; Heb. 1:3).
Pero un reconocimiento de la soberanía absoluta de Dios evidentemente nos compele a concluir que Dios es responsable de todo en este universo. Armados con tal conocimiento, bien puede que nos sintamos justificados de tomar por asalto al cielo, demandando ver al “gerente” y culparlo por el mal que hay en el mundo.
¿El Autor del Pecado?
Sin embargo, la simple verdad es que Dios no es el autor del pecado. El primer capítulo de Santiago nos dice que a nadie se le permite culpar a Dios por la tentación, “porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie” (v. 13). De hecho, Dios es el dador de “toda buena dádiva y todo don perfecto” (v. 17). El no es capaz de pecar o de ser el autor del pecado, porque “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Juan 1:5). Claramente, enfrentamos varias verdades bíblicas que parecen estar en conflicto: Dios hizo todas las cosas, y las hizo buenas–con todo, el mal existe, y Dios no es el autor del mal.
El hombre natural e incrédulo no reconocerá la soberanía de un buen Dios, y al mismo tiempo, reconocerá que el mal existe. Dado el mal manifiesto en el mundo, muchos incrédulos concluyen ya sea o que Dios tiene que ser el autor del pecado (y de esta manera, el mal mismo) o que tiene que ser impotente para detener el mal (y de esta manera, él no está últimamente a cargo de este mundo).
Uno de los personajes en la obra de Archibald MacLeish J.B. (basada ligeramente en el libro de Job) lo pone de esta manera: “Si Dios es Dios, Él no es bueno; Si Dios es bueno, Él no es Dios.” Lo que esta declaración significa es claro: Ante el mal, Dios tiene que ceder ya sea su soberanía o su bondad.
Explicaciones Erróneas
Los hombres han desarrollado un número de soluciones no bíblicas a la paradoja del mal coincidiendo con un Dios bueno y soberano. Una “solución” es aquella ofrecida por la teología del proceso de Charles Hartshorne. La teología del proceso rompe con la tensión negando la soberanía de Dios: Dios está en evolución junto con su universo y es impotente para detener el mal, pero al menos él sufre junto con nosotros. Tal perspectiva fue popularizada por Rabí Harold Kuscher en su libro Cuando Cosas Malas le Suceden a Personas Buenas.
El Zoroastrianismo, la principal religión Persa, propone dos soluciones: dos dioses (Ahriman y Ahura Mazda) en conflicto uno con otro, uno bueno y el otro malo. Esto hace al mal finalmente bueno, ya que halla su fuente en una deidad del mal. La mayoría de los incrédulos tienen suficientes problemas afirmando la existencia de una deidad, mucho más si afirman dos.
Mucha gente siente que el “problema del dolor” (como C. S. Lewis lo puso) es mejor resuelto simplemente negando la existencia de Dios. Esto lo salva a uno del aprieto de postular un Dios quien es ya sea o impotente o tolerante del mal. Pero el ateísmo tiene su propio problema: ¿Cómo puede haber tal cosa como el mal aparte de algún estándar de la bondad? Nadie niega la existencia del mal; y sin embargo, aparte del Dios trino de la Biblia, nadie puede justificarlo. Toda otra forma de explicar el mal que no sea por medio del estándar que Dios mismo ha establecido es defectuosa. Luchamos con el problema del mal solamente porque conocemos que hay un estándar del bien. Y ese estándar existe porque hay un buen Dios.
El Origen del Mal
Los cristianos entienden que el mal se originó en la tierra cuando nuestros primeros padres desobedecieron a Dios (Gén. 3:6-7; Ecl. 7:29). Fue, por supuesto, Satanás quien los tentó a pecar cuestionando la veracidad y bondad de Dios. En su acercamiento inicial a Eva en Génesis 3:1, Satanás impugnó lo razonable del mandamiento de Dios de no comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Seguramente un buen Dios no le negaría a su descendencia lo que los enriquecería (v. 5). Satanás representó a Dios como un valentón quien solamente necesita ser enfrentado. El razonó con nuestros padres de que si ellos hacían valer sus derechos, ellos se descubrirían a sí mismos ser tan libres como Dios mismo para establecer las reglas. Un buen Dios nunca les negaría este fruto. Satanás los incitó a comer y ser su propio dios. Cuando nuestros primeros padres aceptaron esta tentación en sus corazones, el mal entró al Paraíso.
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