El Estatismo

Publicado el 02. feb, 2011 por en Historia Iglesia

Por R.C. Sproul – 1 Setiembre 2008

Traducción: Alberto Mansueti

“Entonces se promulgó el Edicto de César Augusto, ordenando que todo el mundo fuese empadronado (censado).” En este conocido pasaje introductorio a la historia de la Natividad del Salvador, en el Evangelio según Lucas (Cap. 2), el título dado al Emperador romano es el de César “Augusto”.

Pero si el censo hubiese sido bajo el anterior mando de Julio César, la Escritura diría: “se promulgó un edicto de César”, y más nada. Y si el emperador Octavio —sucesor de Julio César— hubiese seguido el mismo modelo de gobierno de su predecesor, se habría autodenominado “César Octaviano”, y el texto diría así: “se promulgó el edicto de César Octaviano”, y más nada.

Pero en cambio dice “edicto de César Augusto”. El paso explícito de “Octavio”, nombre personal del gobernante, al nombre-título de “César Augusto”, indica una nueva dimensión del culto al Emperador: las personas en esa función eran ahora adorados como dioses. Ser “Augusto” significa ser revestido de la dignidad suprema, a la que se debe la reverencia que corresponde a lo sagrado. La elevación del gobernante a esta condición fue el cenit del estatismo antiguo.

Hace unos 30 años, compartí un taxi en la ciudad de San Luis con el Dr. Francis Schaeffer, a quien conocí largo tiempo antes, cuando él fue ayuda clave para comenzar mi propio Ministerio en Ligonier, Pennsylvania, allá por el año 1971. Cuando nos vimos en St. Louis aquella vez, Schaeffer estaba al final de su carrera. Y le hice entonces esta pregunta: “Dr. Schaeffer, ¿cuál es su mayor preocupación por el futuro de la Iglesia cristiana en EEUU? Sin dudarlo, el Dr. Schaeffer se volvió y me dijo una sola palabra: “Estatismo”.

De modo que la mayor preocupación de Schaeffer, en ese momento de su vida, era que los ciudadanos empezaban a investir a los Estados Unidos con una autoridad suprema, y la nación más libre de América podía ser así convertida en un país dominado por la filosofía de la supremacía del Estado: estatismo. El sufijo “ismo” indica una filosofía o cosmovisión, una visión de la realidad. Un descenso de la “estatidad” al estatismo se da cuando el gobierno es percibido o afirma ser la realidad última. Y luego esta realidad reemplaza a Dios, como la entidad suprema de la que depende la existencia humana.

En el s. XIX, el filósofo alemán Hegel argumentó —en su largo y complicado estudio de la historia occidental— que el Progreso es el despliegue en el tiempo y el espacio de la “Idea absoluta” (vaga representación de Dios por Hegel). Esta manifestación progresiva alcanzaría su ápice en la creación del Estado prusiano. Y esta suposición de Hegel fue antes del Tercer Reich de Hitler, de la URSS de Stalin, y de la China Roja de Mao Ze Dong, naciones que alcanzaron cumbres de estatismo totalitario jamás soñadas por Hegel en su concepto del Estado prusiano.

En EEUU tenemos una larga tradición que valoriza muy en alto el concepto de separación de Iglesia y Estado. Esta idea históricamente alude a una cierta división del trabajo entre la Iglesia, y el juez o magistrado civil. Pero en un principio, la Iglesia y el Estado eran vistos ambos como entidades ordenadas por Dios, y sujetas las dos al gobierno del Universo por Dios. En este sentido, el Estado era considerado una entidad “bajo Dios”.

Lo que ha ocurrido en décadas recientes es un oscurecimiento o confusión en esta dualidad original entre la Iglesia y el Estado. Hoy en día se oye hablar de “separación de Iglesia y Estado”, y cuando se interpreta cuidadosamente, lo que comunica es la idea de separación del Estado respecto a Dios. En este otro sentido, el Estado declara su independencia de la Iglesia, pero también de Dios, y asume que va a gobernarnos a las personas por su cuenta y con total autonomía (soberanía).

La idea de una “nación bajo Dios” se ha cuestionado una y otra vez en nuestro país, y en esa medida hemos visto el crecimiento exponencial del Estado, en particular del Gobierno federal, que ahora prácticamente envuelve toda nuestra vida. La educación p. ej. antes estuvo bajo la dirección de las autoridades locales, y ahora es controlada y dirigida por la legislación federal. La economía privada, antes fue impulsada por las fuerzas naturales del mercado, y ahora está bajo la rígida férula del Gobierno federal, que no solo regula los negocios, sino que también se considera responsable de su control. Pero donde hemos visto el mayor grado de pérdida de las libertades, es respecto a la función de las iglesias.

Nuestra Iglesia Cristiana es aún tolerada en EEUU, de manera como no lo fue en la URSS o en la China de Mao. Pero siempre y cuando se queda encerrada “en el closet”, fuera de la escena pública. En otras palabras, la Iglesia ha sido relegada a un status no muy diferente del otorgado en el pasado a los nativo-americanos: a las tribus se les permitió seguir existiendo, siempre que funcionaran de forma segura en un ghetto o “reserva”, al margen de cualquier influencia significativa en la política.

Así, la Iglesia no ha sido desterrada completamente por el estatismo que ha insurgido en EEUU, pero ha sido expulsada de la arena pública.

A lo largo de la historia de la Iglesia, el cristianismo siempre ha estado en contra de todas las formas de estatismo. El estatismo es enemigo natural y definitivo del cristianismo, porque es una usurpación del poder del Reino de Dios. Francis Schaeffer estaba en lo cierto, y cada año que pasa su pronóstico es aún mucho más preciso. Ello significa que tanto la Iglesia como la nación se enfrentan a una grave crisis en nuestros días.

Porque a final de cuentas, si el estatismo prevalece en EEUU, significará la muerte de nuestra libertad religiosa, pero también la muerte de nuestro propio modelo de Gobierno y libertades que hemos heredado.

Enfrentamos tiempos peligrosos. No sólo los cristianos; todas las personas, cualesquiera sean nuestras creencias, debemos estar alertas y vigilantes para detener la creciente elevación del Estado a la total supremacía sobre las vidas de los individuos en nuestra nación.


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