La Homosexualidad 1 – A la sombra de Sodoma

La Homosexualidad 1 – A la sombra de Sodoma

Publicado el 16. feb, 2011 por en Homosexualidad

Por Dr. Greg Bahnsen

La Continua Agitación Gay

Fue noticia de primera plana en el diario Orange County Register en Marzo de 1991: “El tema de la ordenación de gays sacude a los Protestantes.” Una vez más las principales y más antiguas denominaciones estaban entrando al debate e intentando establecer divisiones en sus filas sobre la cuestión de ordenar a homosexuales declarados y practicantes al oficio ministerial dentro de la iglesia.

Desde mediados de los setentas ha habido repetidos esfuerzos y campañas en una variedad de denominaciones para moverse hacia tal política. (Se ha prestado atención a este estrafalario desarrollo por parte de las campañas igualmente vociferantes y heterodoxas, pero aparentemente más exitosas, para aprobar la ordenación de mujeres al oficio ministerial en muchas denominaciones.)

Los retumbos se dieron en la Iglesia Episcopal y en la Iglesia Presbiteriana (de los EUA), que juntas suman alrededor de 5.5 millones de miembros. Comités de estudio en ambas denominaciones han recomendado que los homosexuales activos debieran ser admitidos al ministerio de la Palabra de Dios.

Más recientemente, en Octubre de 1993, una fuerza de tarea de la Iglesia Luterana Evangélica en Estados Unidos (5.2 millones de miembros) publicó un estudio sobre sexualidad en el que los autores afirman que la Biblia apoya las uniones homosexuales que representan un compromiso afectuoso y estable.

Esto es alarmante, claro está, porque es precisamente la palabra de Dios a la que se ha apelado tradicionalmente para prohibirles a los homosexuales no arrepentidos el ser ordenados. De hecho, a lo largo de toda la historia de la iglesia las denominaciones Cristianas han apelado a la palabra de Dios como el fundamento para una política bastante contraria a la que se persigue hoy – a saber, la política de censurar y excomulgar a los homosexuales declarados.

Tal actitud y práctica no surgió de la “homofobia” (temor a los homosexuales), sino más bien del “temor al Señor” que es el principio de toda sabiduría (Proverbios 1:7). Sin embargo, si hay una característica que falta de manera notoria entre los modernos clérigos es precisamente este temor al Señor. Uno piensa en la evaluación concluyente de Pablo del libertinaje moral tanto de Judíos como de Griegos: “No hay temor de Dios delante de sus ojos” (Romanos 3:18; cf. Salmo 36:1). Habiendo puesto a un lado la irrefutable autoridad de la palabra inspirada de Dios en la Biblia (liberalismo) o haciendo que la autoridad de sus declaraciones falibles descansen sobre un punto subjetivo de apoyo (neo-ortodoxia), los teólogos modernos no someten sus mentes y razonamientos a Jesucristo, en quien están depositados todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento (Colosenses 2:3). Se han dejado “asaltar” por las nociones filosóficas mundanas y las tradiciones de los hombres (v. 8).

Asombra poco, entonces, que ahora contemplen ordenar para el servicio ministerial a aquellos a quienes Cristo en Su palabra ha declarado abominables. Es natural, dado que por profesión son hombres que manejan la palabra de Dios, tales teólogos ortodoxos no pueden simplemente alejarse de la Biblia, sino que se ven obligados a realizar la maniobra desesperada de afirmar que sus opiniones respecto a la homosexualidad son de alguna manera “sensibles a las Escrituras” – pero casi tan importante, ¡también son sensibles a la historia y a la tradición! Le queda muy poco honor al principio Protestante de la sola Scriptura, algo por lo que Lutero y Calvino hubiesen muerto.

Mucho menos se ha de encontrar, entre los teólogos modernos, un honesto entendimiento gramático-histórico de las mismas Escrituras. Sin embargo, esto no es decir que los partidarios modernos de la ordenación de homosexuales admitan que han repudiado la Biblia.

Doble Perversidad

Todos tienen un punto de vista moral en términos del cual evalúan la conducta y las actitudes de la gente. La aplicación de esa perspectiva ética eventualmente implicará una apelación a algún criterio de lo correcto y lo incorrecto. Ya no podemos llegar a un juicio ético aparte de algún estándar de evaluación más de lo que podríamos medir el tamaño de un paquete sin un patrón. Así, una cuestión fundamental en la ética tiene que ver con cuál debiese ser el estándar de moralidad.

En nuestra cultura actual hay un creciente número de personas que apoyan la noción de que las prácticas homosexuales son moralmente aceptables. En el menor de los casos han de ser toleradas como un “estilo de vida alternativo” que puede ser tan éticamente bueno o malo como el estilo de vida heterosexual. Y en el mejor de los casos han de ser moralmente afirmadas y promovidas como preferibles a la heterosexualidad.

Aquellos que han escogido este punto de vista simultáneamente pronuncian su propia condenación moral contra las personas que juzgan las prácticas homosexuales como inmorales y vergonzosas – especialmente aquellos que afirman la justificación de la revelación divina para ese juicio ético. Dos perspectivas morales se hallan aquí obviamente en conflicto, llegando a conclusiones divergentes respecto a la aceptabilidad de la homosexualidad.

Entonces, sería más que fácil para nosotros el asumir que aquellos que aprueban la homosexualidad y aquellos que la condenan tienen estándares de ética completamente diferentes. Parece como si los cristianos profesantes toman la Biblia como su estándar moral para censurar la homosexualidad como abominable, mientras que aquellos que están en desacuerdo con este punto de vista repudiarían la Biblia como su autoridad moral. No obstante, este no siempre resulta ser el caso.

Sorprendentemente hay un grupo de eruditos y escritores inventivos que querrán hacernos creer que incluso si tomamos la Biblia como nuestro estándar de ética esta no va a apoyar una actitud negativa hacia la homosexualidad.

Aquellos que aprueban la homosexualidad no debiesen más bien ser vistos a la luz rigurosa de criticar y rechazar la revelación Bíblica. No quieren que se diga que, por el estándar de la revelación divina, su opinión de la sexualidad resulta condenada por Dios, casi tan seguramente como la homosexualidad misma resulta condenada en la palabra de Dios. Por lo tanto, se sienten obligados a argumentar que la Escritura no denuncia, después de todo, la homosexualidad como tantos cristianos a lo largo de la historia han pensado.

Argumentan que los Cristianos que le restan valor a la aceptabilidad moral de la homosexualidad en realidad han malinterpretado el testimonio Bíblico – de hecho, ¡que las exhortaciones Bíblicas acerca del amor y la tolerancia en realidad condenan a quienes usan la Biblia para tachar a los homosexuales! Quisieran hacernos creer que el conflicto no es sobre el estándar apropiado de ética en lo absoluto. Sugieren que podemos aceptar de buena gana a la Biblia como nuestro estándar moral y no llegar a la conclusión de que Dios encuentre la homosexualidad como algo moralmente abominable.

Por cierto que esto le parecerá sorprendente al estudiante ordinario de la Escritura. Pero quizá no debiese pensarse de esto como algo demasiado sorprendente. Nótese que el Apóstol Pablo, al criticar la civilización Romana, dictó la desaprobación divina contra aquellos
que no solamente practican tal conducta inapropiada como la homosexualidad, sino también a aquellos que “consienten con quienes” las practican (Romanos 1:32). Los individuos no pueden solamente ser atrapados en el pecado de la perversión sexual, pueden también ser atrapados en el pecado del pensamiento perverso con respecto a esta perversión sexual. Pablo les describe como personas que “se rehúsan a tener en cuenta a Dios en su conocimiento”; y por consiguiente, “Dios los entregó a una mente reprobada” (v. 28).

Deteniendo la verdad con la injusticia (v. 18), se vuelven totalmente “envanecidos en su razonamiento, y su necio corazón fue entenebrecido” (v. 21). En este escrito vamos a encontrar que debemos humildemente derivar la misma conclusión a la que llegó el mismo Pablo cuando la gente toma la alarmante posición de que la revelación de Dios no condena en realidad la homosexualidad.

Perspectiva General del Testimonio Bíblico

Hagamos una pausa para dar una mirada a lo que la Biblia parece decir respecto a la homosexualidad en una lectura inicial. Podemos comenzar con la condena más explícita y elaborada de la homosexualidad en el Nuevo Testamento, las palabras de Pablo en Romanos 1:24-28, 32.

En los versículos 18-23 de Romanos 1, Pablo ha acusado la impiedad del mundo incrédulo el cual, conociendo a Dios, no le glorifican como Dios. Dios se ha dado a conocer tan claramente por medio del mundo creado que los incrédulos quedan sin excusa por cambiar la gloria de Dios por la idolatría. Al hacer tal cosa suprimen (detienen) la verdad por medio de la injusticia y se vuelven necios en su razonamiento, a pesar de profesar ser sabios.

Luego Pablo indica tres veces con respecto al mundo incrédulo que Dios “los ha entregado.” El mundo en rebelión contra Dios ha sido judicialmente abandonado por Dios – entregado a los deseos impuros (v. 24), a pasiones deshonestas (v. 26), y entregados a una mente reprobada para hacer cosas que no son apropiadas (v. 28). Esto es asumido por Pablo como el epítome de una cultura que cambia la verdad de Dios por una mentira, adorando y sirviendo a la criatura en lugar de adorar y servir al Creador (v. 25).

¿Y cuál es el ejemplo destacado empleado por Pablo para una conducta impura, vil y moralmente inapropiada practicada por aquellos que se rehúsan a adorar al Creador? “sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres…” (vv. 26-27). Pablo vincula conceptualmente en una invectiva moral a aquellos que “cambian” la gloria incorruptible de Dios con iconos corruptibles (v. 23) – quienes “cambian” la verdad de Dios por una mentira (v. 25) – con aquellos que “cambian” las relaciones heterosexuales por relaciones homosexuales (v. 26), como lo indica el juego verbal de palabras en Griego (allaxan, metallaxan).

Pablo resume y reitera la triple condenación del testimonio del Antiguo Testamento contra la homosexualidad. Él presenta los cargos (1) que la homosexualidad es condenada por la naturaleza (vv. 26-27), dejando tanto los hombres como las mujeres “el uso natural del sexo” yendo en pos de lujurias vergonzosas con miembros de su mismo sexo. Esto nos lleva de regreso al registro de la creación en Génesis 1:27-28 y 2:18-25. Cuando Dios creó la raza humana Él hizo al hombre a Su imagen, creando al hombre específicamente como varón y hembra (Génesis 2:18-23). En ese contexto Dios ordenó la unión natural – aquello que es acorde con el designio de la creación – del varón y la hembra en matrimonio (“serán una sola carne,” v. 24). Esto se halla en agudo contraste con la búsqueda de compañerismo erótico, por parte del hombre caído, que sea de carácter homosexual (siendo “un sexo”).

Pablo también señala la acusación de que (2) la condenación de la homosexualidad es vista en el curso del juicio histórico impuesto por Dios (Romanos 1:24, 26, 28). Una sociedad que deja de dar honra a Dios y que consiente en deshonrar los enlaces sexuales es descrita como una sociedad “entregada” por parte de Dios – una entrega que es el debido castigo del flagrante error moral. John Murria comenta sobre el uso de este verbo: “El desagrado de Dios se expresa en su abandono de las personas preocupadas por un cultivo más intensificado y agravado de las lujurias de sus propios corazones con el resultado que cosechan para sí mismos una cuota correspondientemente más grande de venganza retributiva.” Los homosexuales “reciben de vuelta” el “castigo recíproco” que era necesario y apropiado (v. 27).

El testimonio de la historia del Antiguo Testamento contra la homosexualidad fue narrado dramáticamente en el registro de la destrucción de Sodoma por parte de Dios en Génesis 18:20 – 19:11. Este es un ejemplo estándar del Nuevo Testamento de la ira de Dios en contra de la perversión pecaminosa: “como Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, las cuales de la misma manera que aquéllos, habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra naturaleza, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno” (Judas 7).

Finalmente, en Romanos 1 Pablo presenta la acusación de que (3) la homosexualidad es condenada por la ley de Dios: “quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican” (v. 32). La teología de Pablo enseñaba que incluso los Gentiles muestran “la obra de la ley escrita en sus corazones” (Romanos 1:25), aprendiendo del orden creado y del testimonio interno de la imagen de Dios los requerimientos morales revelados a los Judíos por escrito por Moisés (los “oráculos de Dios,” 3:2). El testimonio de la ley de Dios fue enfático en Levítico 18:22 y 20:13.

Dios declaró que era “abominación” para un hombre irse a la cama con un hombre, como lo hace con una mujer; con respecto a los homosexuales que hacen tales cosas la ley de Moisés declaraba “su sangre será sobre ellos” (probablemente una alusión a la naturaleza carente de vida de su culpa).

La ley especificaba que aquellos que cometiesen tales actos detestables debían “ciertamente ser muertos.”

Las prácticas homosexuales se presentan en la santa ley de Dios nada menos que como crímenes capitales. Hacemos bien aquí en recordar la afirmación del Nuevo Testamento que en la ley de Moisés “toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución” (Hebreos 2:2). De este modo Pablo podía inmediatamente describir a los homosexuales como (a) conocedores del juicio de Dios sobre este asunto, y como (b) hacedores de lo que es “digno” de muerte según la ordenanza de Dios.

Continúa Leyendo: Parte II.


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