¿Qué modelo de servicio sigue tu iglesia?

¿Qué modelo de servicio sigue tu iglesia?

Publicado el 25. abr, 2011 por en La Iglesia

Cuando el niño crece tiene a sus padres, a los cuales ve e imita. Lamentablemente encontramos situaciones en las cuales o los padres están ausentes o no son buenos modelos. Las consecuencias son obvias. Tarde o temprano la personalidad del chico se resiente y hay ciertas variables sociales y personales que deberán ser corregidas.

Los chicos buscan modelos a imitar, y es sabido que cuando no tienen buenos modelos en los padres los buscan afuera. Hoy no es necesario irse muy lejos del hogar, ni siquiera salir de la casa como para encontrar modelos. El mundo los ofrece y se meten en las casas fundamentalmente a través de la televisión, Internet, radio y prensa escrita. La música brinda toda una banda de sonido a la vida de los adolescentes y jóvenes; y muchas veces las canciones responden las preguntas que los chicos se están haciendo. Los adolescentes pasan por momentos de grandes cambios a nivel físico, psíquico y espiritual y la música les dice en qué consiste la vida y cómo vivirla. Muchas veces la radio dice cosas que jamás se plantean en el seno del hogar.

A través de estos medios llegan multitud de modelos. Por lo general, las propuestas de vida que ellos definen distan abismalmente de la querida por los padres. No obstante, los padres supeditan el cuidado, la protección, el entretenimiento de los chicos a los medios. Ellos saben, al menos parcialmente, lo que se encuentra en ellos, pero algunas veces ignoran el grado de influencia que tienen sobre sus hijos.

Es claro que no podemos decir que los medios afectan en este sentido sólo a los niños, adolescentes y jóvenes. Todo el mundo es afectado, y la influencia de los medios sobre la persona y sociedad es definitoria. De hecho, la sociedad es moldeada por el medio y sus valores y cosmovisión redefinida. Sobre todo el observador u oyente acrítico se introduce y sumerge en el medio en un momento de esparcimiento y relax, y sale de él transformado, con otra visión de la vida.

Los modelos que día a día nos hablan, nos cantan, nos adulan, nos entretienen, nos divierten, nos desafían son de distinta índole, pero la constante que por lo general aparece es que no son cristianos comprometidos. Luego sus vidas, valores, conceptos y cosmovisión distan de aquellos bíblicos. Si uno tiene un trasfondo cristiano y está constante y abundantemente recibiendo información de estas personas, sus ideas finalmente podrían minar su fe.

La comunicación siempre deja impresiones sobre quien las recibe: sea información nueva o matices nuevos sobre algo ya conocido. La información va entrando a nuestras vidas, pero no es información no intencional. Hay una intención: alterar la conducta, crear hábitos, proponer una reacción, condicionar, etc., sea para bien o para mal. En función del modelo que tenemos por delante está el tipo de filosofía con la que vamos a ser impactados.

Pablo nos brinda dos modelos. Uno es el de Jesucristo: “Haya en vosotros el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús” (Fil. 2:5). Pablo pone este modelo para corregir una cierta actitud errónea en el comportamiento cristiano. Deja ver lo que hizo Jesús y cómo lo hizo, esperando con ello motivarnos a hacer lo mismo y producir en nosotros un comportamiento similar. El contexto del modelo de Cristo (2:6–11) es aparentemente el de competencia, orgullo, tirantez, desunión entre los miembros de la Iglesia de Filipos en aquella época. Pero donde y cuando quiera haya estos elementos difícilmente va a haber unidad, que es el deseo de Pablo. El apóstol pone el modelo de Cristo para desarrollar una conducta cristiana madura. Jesús se humilla y renuncia a sus prerrogativas divinas. Jesús no busca en esas prerrogativas su propia fuerza y misión. Él decide someterse. Al someterse, no deja de ser quién es. Para hablar con los hombres y llevarlos a una nueva dimensión, se identifica plenamente, aunque sin pecado, con ellos: se hace hombre y llega a identificarse con la muerte más cruel de aquellos tiempos.

Este ejemplo de humildad, de renuncia es fundamental para lograr la unidad, es decir, como dice el apóstol, no hacer nada por contienda o vanagloria. En el momento que uno renuncia a las aspiraciones personales, a los deseos de sobresalir, a las prioridades egoístas y al orgullo, le permite al otro desarrollar lo suyo: sus dones, su ministerio, y así ambos pueden trabajar cooperativamente, cada uno con lo que el Señor le dio. Y a este aspecto negativo que Pablo pone, añade el positivo: hacerlo con humildad y ver a cada uno como mejor que uno mismo.

En el momento que nos creemos superiores a otros, los anulamos. Ahogamos todas sus posibilidades y, en “el mejor de los casos”, los controlamos, ejerciendo nuestra voluntad sobre ellos. Es claro que no es posible ningún tipo de unidad. Ellos no trabajarían a la par nuestra sino como simples esclavos o extensiones mentales nuestras. Pero ése no es el concepto de cuerpo, ni de unidad bíblico, sino una deformación pecaminosa nuestra, aunque muy visible en nuestra sociedad inclusive, paradójicamente, en la iglesia misma.

La tercera dirección que el apóstol pone es buscar el bien del otro: lo que lo beneficia, lo que lo hace crecer, lo que lo hace desarrollarse y sentirse feliz. En pocas palabras, qué es lo que necesita mi hermano.

Y es ahí cuando Pablo coloca el ejemplo de Jesús: una persona segura de sí misma, de quién era, de cuál era su llamado y que, por lo tanto, no necesitaba “asegurarse” ni “cubrirse” de nada. Creo que estas seguridades internas de Jesús son básicas para cada uno de nosotros, para podernos relacionar con otros. Cuando esto falla aparecen las envidias, los celos, las contiendas, las competencias, el orgullo y otros pecados. Y uno es lo que la Biblia dice que es. El mundo, a través de sus modelos, nos ha dicho que somos así y asá, ha definido lo que sirve y lo que no sirve; ha establecido lo que es bueno y malo, ha definido lo que es ser gordo o flaco, lindo o feo, lo que se aprueba y lo que no se aprueba, etc. Pero en rigor, lo que uno es y tiene que hacer debe buscarse en el consejo divino. Allí está el modelo, allí está el consejo, allí está la luz, allí está la dirección.

Pero en este modelo de Jesús que Pablo pone se observa otra cosa: la preocupación del hombre de ser alguien. El hecho de Jesús de humillarse y ser obediente a Dios hasta el fin, lo llevó a tener un nombre sobre todo nombre, un nombre mucho más excelente. Y ese nombre fue otorgado por su Padre mismo. Dios mismo se encargó de exaltarlo.

Las inseguridades propias de un alma herida hacen que creemos una imagen alrededor nuestra como protección. Necesitamos la aprobación de la gente, porque sentimos un vacío en el interior. Desesperadamente estamos queriendo “ser alguien”, recibir aprobación, tener un nombre. Y el humillarnos, buscar el bien del otro, preocuparnos por su crecimiento, contradice totalmente una lógica herida. Pero el Modelo dice que la aprobación que uno necesita es la de Dios. La aprobación y el reconocimiento que sana y que vale es el de Dios.

Y el segundo ejemplo o modelo que Pablo pone es el de él mismo: “sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros” (Fil. 3:17). Y el contexto es nuevamente la renuncia que él hace, y llama a hacer, a no confiar en la habilidad o justicia personal, sino a buscar la justicia de Dios. Pablo se pone como ejemplo de aquella persona que tenía todo a su favor, y que era sobresaliente en todo, y no estaba carente de nada. No obstante, su seguridad no estaba en esa “reputación” que había sabido conseguir, quizá con gran esfuerzo. Tampoco lo estaba en las habilidades o dones a él otorgados. Todo esto él lo “degrada”, para que la persona y el poder de Cristo se hagan poderosos en él. Y puede haber éxitos o fracasos, aplausos o piedras, pero lo que hace es seguir a Jesús, seguir adelante.

Pero algo que es claro en este ejemplo de Pablo es que Pablo es ejemplo, en tanto y en cuanto él sigue el Modelo de Jesús (cf. 1 Co. 11:1). Cuanto más cerca uno esté de Jesús, más tomará de él e incorporará a su vida, y más digno de imitación se convertirá. De hecho, él añade a sus colaboradores como ejemplos de imitación.

¿Qué modelo debo seguir? ¿A cuál debo imitar? Al de aquella persona que imita a Cristo, que busca de él y sigue sus pasos. Al de aquella persona que vive en el trono de Dios, que vive en el secreto de Dios, que vive en el temor de Dios. Lamentablemente, estos modelos no abundan en la TV o en Internet, y la gente no es impactada por sus vidas. Inclusive algunas veces tampoco se encuentran en las iglesias. ¡¿A dónde, pues, hay que ir a buscarlos?! La situación es también triste: es similar al del padre ausente o de un mal modelo familiar.

Tengamos el mismo sentir que tuvo Jesús, de despojarnos, de humillarnos, de vivir en dependencia, en sujeción. Vivamos como Jesús vivió, actuemos como él actuó, hablemos como él. Enriquezcamos nuestra personalidad para mañana ser modelos de imitación para otros. Sólo cuando capturamos y imitamos al Modelo, podemos ser modelos sanos, saludables, inspiracionales para otros. ¡Qué bueno sería que los primeros que nos vean como modelo digno de imitar sean nuestros hijos! Al mismo tiempo padre y cristianos: modelo como ambos. ¿No necesitará eso la adolescencia actual?[1]


[1] Piccardo, H. R. (2006). Introducción al cuerpo epistolar del Nuevo Testamento : Tomo 2 (37–40). Buenos Aires, Argentina: Ediciones del centro.

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